Sin tartamudear
Mi historia con la poesía
Si mi memoria no me falla, alguna vez escuché decir que mi abuelo leía poesía en voz alta para dejar de tartamudear. Su amigo Alfonso se lo recomendó. Lo recuerdo con una camiseta blanca y sin lentes, sentado en la cabecera del comedor de su casa. Su aliento olía un poquito a lo que ahora sé que era tequila y cerveza. No me disgustaba. Al contrario. Algo de eso lo volvía especial. Nos enseñó a jugar serpientes y escaleras. Luego damas chinas. Luego ajedrez. Luego nos compró BB Guns para desarrollar la puntería.
Había sido portero. Muchas veces vi una foto suya en blanco y negro: era él a medio vuelo horizontal, deteniendo la trayectoria de un cañonazo hacia una portería sin red en una cancha que parecía desierto. Nos contaba sobre la valentía y la fuerza de los porteros, quienes en su soledad eran los últimos guardianes, quienes estaban dispuestos a arriesgar su integridad física en sacrificio del triunfo colectivo. Yo creo que por eso Gera y Fede fueron porteros (yo me volví un delantero cascarero oportunista, tronco y faulero).
Para mí, el abuelo era un verdadero hombre. Como nos recitaba versos de memoria, crecí pensando que leer, escribir y memorizar poesía era algo que hacían los verdaderos hombres. Nos recitaba de Amado Nervo:
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Hay por ahí, entre los archivos de algún primo una grabación en formato mp3 de la declamación de mi abuelo. Alguien la debe de tener a la mano. El abuelo enfatizaba el final como si se estuviera despidiendo: «¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!».
Al cruzar el patio se encontraba la biblioteca. De niño, la biblioteca aparentaba un espacio prohibido: oscuro, lleno de libros. Algunos de estos libros parecían muy antiguos. Mi abuelo al ser abogado tenía un retenedor de libros en forma de búho. Era dorado. El búho parecía seguirme con la mirada. El tono misterioso y casi fantasmagórico de la biblioteca hacía que se me antojara aún más entrar a leer.
En mi nostalgia se confunden los recuerdos: la intriga de la biblioteca de mi abuelo con la emoción de la biblioteca del colegio. En la primaria del Euroamericano tenían la costumbre de plantearnos las visitas a la biblioteca como si fuera una excursión. Las maestras ponían énfasis en el sentido de privilegio: nos iban a permitir entrar y disfrutar la biblioteca, a nosotros… ¡los niños! Ahí leí fábulas y cuentos de terror, y recuerdo comenzar a leer La historia interminable de Michael Ende (nunca la terminé). Leí las novelitas de terror de Goosebumps y cuentos de Captain Underpants o Frog and Toad. Mucho en inglés. Mi libro favorito en primaria era Autopista Sanguijuela de Juan Villoro, una novela infantil que me daba miedo y risa.
Los domingos, mi abuelo se me acercaba casi con sigilo, con sus cachetes rojos como manzanas y su bigote blanco. Me preguntaba: «¿y ahora qué estás leyendo?». A veces me quedaba callado. Le dedicaba más horas al Gamecube que a las letras. Ante mi silencio, el abuelo sonreía como el gato invisible de la película de Alicia en el país de las maravillas. Al sonreír su bigote se estiraba, un ciempiés blanco que pasa de una manzana a otra. Sus ojos alegres se fijaban en mí. Yo los veía negros, como los ojos del seminarista del poema que le gustaba.
Nos hablaba de poemas y de poetas. García Lorca, López Velarde, Paz… Alfonso Reyes. ¿Como la avenida? Todo regiomontano debe conocer Sol de Monterrey:
No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
La poesía me parecía familiar. Mis papás muy de repente se recitaban partes de Don Juan Tenorio. En la cocina, después de terminar de cenar quesadillas y Nesquik, de pronto mi mamá le declamaba a papá:
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Ya en la prepa del Liceo, en los años cuando uno deja de ser niño y se quiere volver un verdadero hombre, me sentí cómodo cuando Salatiel, el maestro de Español a quien recuerdo con estima, nos presentó poemas de Rubén Darío («la princesa está triste…»), Antonio Machado, Jorge Luis Borges, entre otros. No se me hizo raro andar contando sílabas y apuntando los tipos de versos o señalando la estructura de rimas ABBA ABBA CDC DCD. Durante las clases yo sólo pensaba en mi abuelo.
Decidí trabajar mi monografía para el Bachillerato Internacional sobre la muerte y el destino en dos poemas de Borges: Ajedrez y Reloj de arena. A Salatiel le gustó la idea. El profesor tenía la costumbre de citar para reuniones uno a uno a todos quienes pensaban hacer una monografía sobre literatura en español. La cita era un sábado en el Starbucks de Leones. Pasaba todo el día leyendo y discutiendo lo que imagino eran pésimos ensayos de preparatoria. Recuerdo que usaba la palabra apuntalar. «Acuérdate siempre de apuntalar al texto con el contexto: cultural, histórico»… O algo así. Me fue bien en la monografía pero tampoco trascendió de un proyecto escolar. Disfruto de releer el poema de Ajedrez. Aquí una parte:
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
Cuando ahora juego ajedrez en chess.com pienso en este poema y en mi abuelo. Mi abuelo nos regaló un tablero de ajedrez con las piezas enormes (el rey más grande que mi mano) y varios libros de Borges.
Fue por esos años, tal vez a finales del 2014, cuando me invitaron a leer en un evento de una revista de literatura juvenil que se llamaba Resortera. En ese portal me habían publicado un cuento sobre un asalto y un breve ensayo sobre los vendedores de banderas mexicanas durante el mes de septiembre. No sé donde quedaron esos textos. Al evento llegué con un poema sobre el amor. Ahora lo recuerdo con vergüenza, estaba muy mal logrado y me daba roña. Pato Morales me acompañó a ese evento, tal vez él se acuerde de lo cursi.
Universidad de Monterrey. Michelle y yo buscábamos desesperados en el catálogo de cursos co-curriculares alguna materia de relleno que pudiéramos tomar juntos. Barro (¿como en Ghost? mejor no). Lenguaje de señas (no, el chiste es platicar). Tahitiano (¿el idioma o el baile?). ¡Cocina! (no, ya no hay espacio). Ni modo. Taller de Creación Literaria (¿poesía?). Excelente decisión.
El maestro era en ese entonces un poco más joven de lo que yo soy ahora. Alto, de lentes y pelo chino. Usaba camisas de botones de manga corta y siempre cargaba con una mochila que era más bien un bolso cruzado. Si no me equivoco, era de Torreón. Su comida favorita era el pollo loco y se volvió un buen amigo, aunque hace años que no hablamos ni nos vemos. Se presentó como Julio Mejía. Él nos enseñó a leer poesía con intención y profundidad. Cada semana teníamos de tarea leer un poemario y escribir algo. Aunque fue hace casi diez años, todavía recuerdo poemas como Alta traición de José Emilio Pacheco. Cuando pienso en México pienso en esto:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
—y tres o cuatro ríos.
De lo que me acuerdo, leímos a Pablo Neruda, Rosario Castellanos, Octavio Paz, Vicente Huidobro, Alejandra Pizarnik, Jaime Sabines, Rainer Maria Rilke, Rubén Darío, Wisława Szymborska, y los haikús de José Juan Tablada.
Fue en ese taller en el que escribí este poema al Cerro de la Silla:
camaleón de tiempo:
escamas verdes al mediodía
piel roja al atardecer
gris bajo la lluviacentauro de piedra:
con tus dos cuernos
trotas
y no te muevespoderoso gigante:
bajo tu sombra
trabajamos
sin descansoProbablemente he escrito cientos de poemas, de los cuales la gran mayoría he terminado por borrar. De los pocos que me parecen más o menos decentes, el del cerro de la silla es de mis favoritos.
El proyecto final del curso del taller literario era participar en el certamen literario Palabras que cuentan de la UDEM. El jurado me otorgó el primer lugar dos años consecutivos. Montañas anónimas es el primero, un poema en cuatro partes sobre Monterrey.
I.
mediodía
denso terreno salvaje
tierra de zopilotes y chicharras
al llegar al río reconocen
las montañas aún sin nombre
los vigilan
en el Valle de Extremadura
los hombres se enraízan bajo el sol
al encontrar sepultura los pioneros (primeros fantasmas)
dejan un camino
y las montañas ya nombradas
esperan por la estirpe
II.
dos delgadas copas chocan entre risotadas glotonas
manteles y vestidos largos
relojes de oro
diamantes de sangre
el nuevo Volkswagen y un pianista discreto
se baila swing en disfraces neoyorkinos
tiempos de corbata y pasaporte
compadrazgos internacionales
una de las copas cae al suelo
el choque se mezcla con la música
nadie se entera de que se rompe
III.
una mancha de aceite
refleja el anuncio de neón de la caja de bateo
las calles escurren de prisa
de noche no se distingue entre
plástico vidrio
y restos de comida
sino que forman un cuerpo oscuro de basura
casi vivo
que si respirara
también se quejaría
IV.
ya nada es como antes:
en esta ciudad solo queda
un enjambre de extraños
en una calle sin salida
Eso fue en el 2017. El abuelo estaría orgulloso de que me animara a escribir y someter mis poemas a la crítica y al juicio.
Un año antes de escribir Montañas anónimas, el 14 de diciembre del 2016 fui a una carne asada por la Huasteca. No tenía buena señal. Decidí guardar mi celular y olvidarme de él, no me quedaría demasiado tiempo. Ahí también Gera, mi primo que también fue portero como mi abuelo. Después de un rato de divertirnos ahí, se me acercó Gera y me dijo: «nos estaban buscando, yo creo que tienes como treinta llamadas perdidas… se murió el abuelo». Volví a escuchar su voz: «¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!».
Entre 2018 y 2019 me reuní con Michelle, Pablo García, Andrés Dillon y otro buen par de amigos para crear Cuatro Versos punto com, una revista literaria digital sin fines de lucro. La intención fue publicar cuentos, poemas, ensayos y reseñas escritos por jóvenes universitarios de Monterrey, pero con el tiempo obtuvimos participación de estudiantes de todo el país. Cada mes nos reuníamos a leer todo lo que nos mandaban, y escogíamos qué publicar. No siempre estábamos de acuerdo, cosa normal en lo que intentaba ser un jurado. Cada mes publicábamos también lo que llamábamos un «texto bomba», algún escrito que nos regalara un autor más reconocido y de mayor trayectoria. Así tuvimos la oportunidad de conocer a escritores como Gabriela Cantú Westendarp, Hugo Valdés y Jeannette Clariond.
De hecho, gracias a Jeannette Clariond conocí en persona al poeta sirio Adonis, en un evento de la Editorial Vaso Roto al que asistí junto con mi prima Caro. Un día Jeannette me invitó a conocer su biblioteca: enorme, llena de luz. Al salir me regaló una bolsa hasta el tope de libros publicados por su editorial, y así conocí la poesía de Anne Carson y de Alda Merini. La edición de Cuerpo del dolor de Alda Merini es de los libros más bonitos que tengo, poemas religiosos integrados con obras de la Colección de Arte Religioso Moderno de los Museos Vaticanos. Vaso Roto publica libros con una calidad que cada vez es más difícil de encontrar.
Cuatro Versos terminó por varios motivos, pero se resume en cambio de prioridades. Conforme cada uno avanzaba en su carrera universitaria y profesional, perdía sentido dedicarle tanto tiempo a un proyecto así. Fue triste pero terminó. Un día la página web dejó de funcionar por falta de mantenimiento.
En ese tiempo puse a prueba la calidad de mis escritos. Tomaba los que más me convencían y los enviaba a revistas literarias profesionales en distintas partes del mundo. Una revista de Montreal publicó un poema que escribí en homenaje a César Vallejo. Otra, la revista Zéjel de España, publicó este, titulado El grillar de los grillos:
Hay algo que sólo se observa
a las afueras de la ciudad
la luz de la galaxia
se opaca
por las luces artificiales más cercanas
que en vez de iluminar
oscurecenSi el parpadeo de las estrellas
tuviera un sonido
sería el grillar de los grillos
el ruido que se escabulle
cuando abrimos la puerta
en las noches de calor
En el 2019 gané el concurso nacional de poesía “Rubén Bonifaz Nuño” con Neoepigramas. Los epigramas son poemas muy breves, a veces satíricos o burlones, que buscan ser memorables. Julio nos explicó alguna vez que en la antigua Roma los poetas marcaban en las paredes sus epigramas. Con Neoepigramas intenté rendir homenaje a algunos de los mitos griegos más populares, dándoles un giro moderno. El último de ellos, en cuatro versos, hace homenaje a la obra de Alfonso Reyes Homero en Cuernavaca, y un mensaje sobre la migración:
A la frontera voy, dulce retiro.
No regreso a casa.
Después de cruzar
Ítaca no existe.
El concurso fue organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El reconocimiento fue un diploma muy bonito que por ahí andará perdido en casa de mis papás. Para recibir el diploma en persona yo debía cubrir el costo de mi viaje y estancia en CDMX. No recuerdo si me dio codo o flojera o las dos, pero me sentí bien raro cuando un sábado en la tarde estaba acostado en el sillón de la sala viendo la transmisión en vivo por Facebook del evento de premiación en el que con el audio entrecortado y el video borroso pude medio ver a alguien más leer mis propios poemas y escuchar aplausos vueltos bullicio trabado. Cerré el Facebook y seguí con mi día. El diploma me lo mandaron por Correos de México y se tardó muchos meses en llegar.
Escribo esto para quitármelo de encima. No escribí nada de poesía del 2019 al 2024. Antes de la pandemia, me invitaron a un evento nacional de escritores jóvenes con sede en Monterrey. A la fecha estoy muy agradecido con los organizadores, que me consideraron para participar. Me decepcionó el ambiente de la artisteada. No le vi rumbo a la poesía. Comenzó a perder sentido. No se trataba de nada. Igual empecé a notar que lo que yo mismo escribía no tenía ningún sentido. No había reglas. Se trataba de nada y todo. Me quedé con un poemario completo que todavía guardo en mi computadora, pero no me puedo imaginar a mi abuelo memorizándose ninguno de los poemas que tengo escritos ahí.
Por ahí se cita mucho a Wittgenstein (yo nunca lo he leído y ni le entiendo), dice: «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Si el lenguaje es el mundo las rimas tontas lo hacen girar. Sabía que Michelle me podía escuchar desde el pasillo. Le canté al bebé:
Me gusta tu carita,
me gusta tu pañal,
me gusta tu pancita…
¡me gusta tu mamá!
No sé si es poesía o no. No llega ni a juego de palabras. No le va a quitar el tartamudeo a nadie, pero me acordé de mi historia con la poesía y del abuelo.




Probablemente mi artículo favorito hasta ahora Uke. Gracias por tomarte el tiempo de recordar esas historias y poemas, y de compartirlas. Aprendí muchísimo de ti y me vi reflejado de varias maneras, especialmente en tu relación con tu abuelo.
Mi relación con Salatiel fue similar. Me tocó ser la primera generación del BI y recuerdo que nadie sabía qué esperar de los exámenes, etc.
Tenía fama de ser su teacher's pet y eso era bueno y malo. Bueno porque me dedicaba más tiempo; malo porque la raza es canija.
Cuando llegó el tiempo de las grabaciones, recuerdo que dijo frente al grupo:
—Vamos a mandar primero a nuestro mejor gallo.
La sesión fue buena, pero se molestó porque según él di contexto de más / innecesario. Estábamos hablando sobre Rubén Darío, btw, y hablé un poco sobre el afrancesamiento en México en tiempos de Porfirio Díaz. Recuerdo que me hizo caras de BRUH WTH.
En fin, me fue bien en la materia, y fui uno de los 13 que sacó el diploma esa primera generación.